El regalo

La mujer descendió del vehículo vistiendo un uniforme militar con un patrón de camuflaje invernal y sus usuales goggles con uno de sus cristales rotos. Ya no servían como protección, pero eran un importante e irreemplazable recordatorio. El crujido de sus pasos sobre la capa de ceniza irrumpió el estremecedor silencio del lugar, sentía la acritud del ambiente hasta en su boca.

El estado de la que alguna vez fue su ciudad natal era miserable, cual reflejo de gran parte de la superficie del planeta, abandonada a su suerte y sin rastro de vida alguna. Desolada tras el evento que lo cambió todo, incluso la fisionomía de sus habitantes, tal como Greta Jaeger, quien solo conservaba su determinada mirada esmeralda. Ahora sus cabellos eran verdes y los mantenía cortos debido a que entre cada hebra había un cabello afilado y hueco, que cuando se erizaban se convertían en peligrosas espinas. Sus compañeros la apodaban “Bristleback”.

Después de caminar un kilómetro, cinco figuras se levantaron de las cenizas y sin dar tiempo a mediar palabra, le dispararon. Greta corrió hasta su antigua casa y, como recordaba bastante bien el lugar, logró esconderse de los bandidos no sin antes tomar una pequeña caja de lata oxidada de debajo de las tablas de su habitación. Pasaron algunos minutos y los escuchó acercarse. Una vez asegurado su objetivo, no evadiría el enfrentamiento. Rompió la puerta de una patada y aprovechándose de la confusión, abrió fuego con su ametralladora. De no haber estado en desventaja habría dejado que sus puños hablaran por ella.

Regresó al día siguiente hasta la sede de la Corporación, con algunos rasguños y sin descansar. Fue directo al ala científica.

—Ten ¡Feliz cumpleaños! —exclamó Greta con una gran sonrisa abriéndose paso por el laboratorio. A pesar de la violenta entrada Thomas se mantuvo imperturbable, pues estaba más sorprendido del aroma a cenizas y pólvora que desprendía la mujer, en vez de su acostumbrada mezcla a aceite y grasa.

Le pasó la caja que había recuperado y observó al hombre mientras este la examinaba. Sabía que no tenía que esperar un abrazo de parte de él, pero aunque en el fondo lo deseaba, se hubiese detenido por el temor a lastimarlo al contacto con su piel que era suave en un sentido y áspera al contrario.

—Si tu plan es que estuviera en deuda contigo… —abrió la caja descubriendo que eran postales de monumentos internacionales. Su mirada gris no dice nada. La ansiedad consume a la mujer —Lo lograste.

—En el pasado quería ir a esos lugares —comenta aliviada.

A lo que el químico responde simplemente —Vamos.

—Pero, Thomas la catástrofe los destruyó.

El hombre, de cabellos canos a pesar de ser joven, se encogió de hombros para luego ir a buscar su mochila de viaje. Greta lo siguió, notando que a pesar de lo metódico y precavido que solía ser, su –mala– influencia lo había afectado.

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